Fundación El Maná

Fundación El Maná es una ONG sin ánimo de lucro que nace el 8 de noviembre de 1989

De humanos a héroes: El Maná

Por: Yuliana Escobar Sepúlveda y Manuela López Osuna, Estudiantes de Comunicación Social, Universidad Católica de Oriente.

Era un día lluvioso, las gotas caían con tal intensidad que parecían anunciar estremecedoras circunstancias para muchos. Lo cierto es que la tormenta y el viento que entraba desde la ventana de mi habitación hacían que mi cuerpo temblara tanto como si este invadiera toda mi piel.

Escuché la puerta abrirse con fuerza. Era mi padre. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que pensé que se escuchaban a metros de distancia. Traté de ignorarlo, pero se hacían más fuertes cada vez que sentía sus pasos más cerca de mi habitación. Escuché que él le preguntaba a mi madre por mí, pero ella no respondía. Así que empuñé mi brazo para coger fuerzas y salí a saludar con temor.

Cuando caminé por el pasillo, vi a mi padre sostenerse de una baranda y, finalmente, desplomarse en el piso. Ahí estaba, como siempre con su mirada perdida y sus palabras sin sentido, pero ese era mi padre. Me preguntó con dificultad si estaba bien y le respondí moviendo mi cabeza tratando de afirmarlo. Regresé a mi habitación y en menos de unos minutos escuché a mi madre llorar desconsolada como si algo dentro de ella muriera o le desgarrara las entrañas.

Esta historia se repetía cada semana, y aunque los tribunales sabían de nuestra situación, no pasaba nada, no había algo que pudiéramos hacer ante circunstancias que se escapaban de las manos de un niño de solo 10 años al lado de una madre descompuesta, confundida y sin muchas posibilidades. Lo cierto era que en algún momento tendríamos, quizá, un golpe de suerte.

Casualmente, un día saliendo de la escuela caminé un rato por las calles de La Ceja sin rumbo fijo. No quería regresar tan pronto a mi casa porque sabía el panorama que me esperaba. Luego de unas horas, encontré un lugar colmado de colores y niños como yo. Me sorprendí mucho porque vi que allí se divertían, y hasta comían juntos y felices. Eso no me pasaba en mi casa. Muchas veces el pan faltaba sobre la mesa y yo solo podía conformarme e irme a estudiar mientras mi panza se retorcía.

Fue tan placentero para mí ver un lugar así que no pude resistirme a estar detrás de las rejas y entré. Me miraron con esperanza. Sentí que una mujer no muy alta de ojos marrones tomó mi mano y me invitó a subir unas escaleras que conducían al segundo piso. Es como si ella supiera lo que en mi vida sucedía y lo que yo necesitaba en aquel momento. Vi muchos colores y mensajes de motivación mientras subía un poco confundido. Al instante, me encontré con otras dos personas que me miraban con cierto brillo en sus ojos, solo recuerdo el nombre de Jonathan, pues al momento de verme me preguntó: – ¿Qué haces aquí?-. Y yo sin dimensionar lo que estaba pasando, ni siquiera sabía exactamente dónde estaba, le respondí que no quería llegar a mi casa, pues allí no podría comer ni jugar, tal y como deseaba.

Mis palabras le retumbaron tanto que me hicieron sentir aliviado sin saber por qué. Sin embargo, pidieron los datos de mi familia para llamarlos y preguntar por mí. Mi mamá, al parecer, contestó y dijo lo que estaba pasando en mi casa con detalles. La llamada duró más de media hora. Al colgar, Jonathan me invitó a comer en la mesa e inmediatamente se me dibujó una sonrisa en el rostro. Nunca había comido tanto, incluso, por primera vez probé los frijoles pues mi madre siempre decía que no alcanzaba para comprar una libra. Me sentía el niño más feliz del mundo. En mi cabeza solo pensaba “qué afortunado eres, Pablito”, y me inundaba una paz que nunca había sentido.

Después de varias horas, Jonathan se acercó y me dijo que todo estaba solucionado y que mañana regresara, pero con mi madre. Así que, al día siguiente, regresé con ella y entré a una reunión con varias personas. Allí supe que estaba en un lugar llamado El Maná, el cual brindaba apoyo psicosocial a niños en situaciones como la mía. Eso quería decir que era un niño especial y que me iban a ayudar por un tiempo determinado mientras la situación en mi casa se solucionaba en los tribunales.

En ese espacio con varias personas nos contaron, a mi madre y a mí, que allí podríamos hacer uso de servicios como asesoría nutricional, acompañamiento psicológico, tutoría para mis tareas de la escuela, talleres lúdicos y algo que me había emocionado mucho: podría hacer parte del equipo de fútbol de la fundación. Era mi sueño hecho realidad, porque durante mucho tiempo quise que mi padre tuviera un rato para compartir conmigo y me llevara a ver partidos en el estadio o que pudiera jugar conmigo en el parque. Pero allí ya lo podría tener, y además, tendría un montón de compañeros que estarían a mi lado para divertirnos y tener espacios que nosotros merecíamos. O bueno, eso era lo que decían las chicas de psicología que se encontraban en la reunión.

Hubo algo especial ese día. Además de sentir que había encontrado un tesoro llamado El Maná, por primera vez yo veía que alguien, además de mí, podía apoyar a mi madre que por tanto tiempo había estado sola y que, sin miedo a educarme, trataba de hacer que mi vida fuera feliz y que no me diera cuenta de los atropellos de mi padre.

Mientras organizaban unos papeles que debían tener para que yo participara de todo lo que me brindaba aquel mágico lugar, Jonathan, el hombre de anteojos y alma que brillaba, me invitó a realizar un recorrido por los diferentes espacios que integraban El Maná. Así, salimos juntos en la aventura de reconocer, además de los espacios físicos, los demás compañeritos que se encontraban durante esas horas y que me acompañarían en la nueva etapa de mi vida. Sí, así lo sentía yo: un mundo nuevo que me esperaba para emprender nuevos caminos colmados de oportunidades y alegrías que, aunque pensaba que no, sí existían.

El joven comunicador, tal y como me contaba acerca de su profesión, me llevó a la ludoteca. Allí me presentó a la persona encargada de las actividades que realizaban y ella, como un hada mágica, me sonrió invitándome a ser feliz en aquel lugar. Luego, fuimos al auditorio en donde se daban las reuniones y encuentros importantes. También, entramos a la emisora que, en ese momento, con ayuda de una de sus estudiantes, Karen Yisel, se estaba fortaleciendo y cada vez se veía más organizada. Pasamos al espacio espiritual para tener encuentros con Dios, luego al salón de sistemas, bajamos a la cancha y, finalmente, llegamos a la huerta: un lugar de espesos verdes y aire húmedo que me permitiría canalizar mis energías tristes y me ayudaría a convertirme en un niño sano, fuerte y muy feliz.

Al mismo tiempo que Jonathan me contaba lo que allí podría hacer, mi corazón palpitaba fuerte, tan fuerte como cuando mi padre llegaba a la casa y el temor se apoderaba de mí. Pero, en esta ocasión, aquellos pálpitos pertenecían a la grandeza que había encontrado en las personas que me recibían en El Maná y en el poder de la esperanza que siempre había estado en mi madre; una mujer que nunca dejó de creer en que algo bueno sucedería en nuestras vidas. Y sí, es que algo yo le reconozco y sé que muchos también, y es el hecho de no haberme abandonado pese a tener un compañero que no la apoyaba y que la había dejado sola con la responsabilidad de educar a un ser humano para este mundo. Ella continuó, batalló y Dios le brindaba la mano por medio de héroes vestidos de humanos que habían llegado a la tierra para establecerse en un lugar de aventura Manaurística, en el que pudieran ofrecer calidad de vida a otros pequeños mientras por otros lados se solucionaban diversas circunstancias de sus vidas.

Hoy tengo 18 años y he salido de la fundación que me acogió desde aquel día en que me encontraba mirando a través de las rejas a los niños comer. Mi madre, gracias al apoyo de todos, trabaja en una empresa como modista y hace arreglos por encargo a toda la población de La Ceja que tanto la conoce. Yo, por mi lado, estoy en segundo semestre de Comunicación para el Desarrollo y el Cambio Social. Una carrera que decidí estudiar debido al enorme cariño que recibí de aquel docente de chaqueta negra y jeans oscuros: ese hombre que, desde el primer momento que ingresé a la fundación, me decía que si quería hacer algo debía hacerlo muy bien y con el corazón. Y que, para que los resultados que yo quería para mi vida fueran reales, debía trabajar para conseguir lo que anhelaba.

Gracias a El Maná, porque aunque esta es sólo una historia de transformación y alegría, sé de adelante y detrás de mí hay centenares de seres que han cumplido sus sueños gracias a la humana labor de los héroes del lugar: personas humanas que con calidez, compromiso y amor dejan huella para transformar la sociedad y generar cambios que, aunque muchos ignoran, modifican el rumbo de quienes iban en dirección contraria. Sanan, levantan y brindan oportunidad. Eso es El Maná: un lugar de comienzos, reflexión, colores y mucha diversión.

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